La Columna de Karla Pérezgil: ¡Que Orgullo!

La Columna de Karla Pérezgil: ¡Que Orgullo!

Creo que muchos coincidirán conmigo al decir que uno de los sentimientos, más satisfactorios, es el orgullo. Por uno mismo, sin duda, pero también por aquellos que nos importan.

Sentando base de significado, vale la pena retomar el descrito por la Real Academia de la Lengua: “Sentimiento de satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios, o por algo en lo que una persona se siente concernida.”

En mi caso, tengo la fortuna de reconocerme varios logros. Un ejemplo es mi deporte; la satisfacción al terminar un entrenamiento, y más aún una competencia, me hace sentir orgullosa por mi esfuerzo y disciplina diaria. Si además me regalo un pódium, confieso que llego incluso a rozar la vanidad y arrogancia. En su matemática, el orgullo resulta en proporción directa a la exigencia requerida para logro.

Uno no se puede sentir orgulloso de lo que no mereció esfuerzo, y que simplemente le fue dado. Ahí lo que en todo caso cabría, es el agradecimiento.

Ahora, como indica el significado de la RAE, para que se experimente orgullo por un logro ajeno, forzosamente se tiene que estar involucrado emocionalmente con la persona o con la causa. Y te preguntarás ¿a qué viene todo esto?

En junio se conmemora el mes del orgullo LGBTIQA+ en todo el mundo. Durante los 30 días, millones de lesbianas, gays bisexuales, transexuales, intersexuales, queer y asexuales se reúnen en una marcha en la que gritan a una sola voz entre reclamos y colores que son ciudadanos(as), como todas y todos los demás y que la igualdad no es una opción para los gobiernos, es un derecho y un deber que no depende de la orientación sexual o identidad de género de cada individuo.

Muchos nos sentimos orgullosos de pertenecer a una comunidad, ya sea deportiva, religiosa, cultural, artística… pero ¿qué los hace a ellos tan diferente como para semejante festejo? La homosexualidad fue un delito en varios países por mucho tiempo. Han sufrido discriminación, abuso, acoso y violencia tanto del estado como de la sociedad. El 28 de junio de 1969 en el club ‘Stonewall’ se dio un caso de abuso policial. Las personas personas trans, gays, lesbianas, afrodescendientes e inmigrantes que allí se encontraban terminaron envueltas en disturbios tanto con civiles  como policías.

Esta persecución causó que, por primera vez, esta población se movilizara en las calles y decidiera salir y dejar de esconderse como lo había hecho hasta ese momento. Desde aquél día la inconformidad de una minoría logró empezar a generar consciencia sobre sus derechos, desde el más básico que es el respeto a su existencia, hasta la modificación de leyes. Y así, esta fecha se convirtió en un día para celebrar el orgullo de ser así.

He escuchado más de una vez, comentarios al respecto como: “no tengo nada contra los homosexuales, pero ¿qué necesidad de manifestarse de esa forma?”, acompañado de “yo no ando gritando por las calles que soy heterosexual.”

A ellos les digo, que ser reconocido como heterosexual y contar con todos los derechos que la ley otorga –respeto, matrimonio, adopción, salud, trabajo, y un largo etcétera- no nos ha costado ni el mínimo esfuerzo, por lo que no genera el menor orgullo. Incluso en este caso, ni el agradecimiento cabe. Para esta problación oprimida, el esfuerzo ha sido de tal magnitud, que el festejo no merece menos que carros alegóricos, colores brillantes, música, disfraces, ruido y algarabía alrededor del mundo.  

Este año, la pandemia amenazó la gran fiesta, por lo que la los organizadores de la tradicional marcha, decidieron realizar un programa integral, en donde reunieron a expertos de la salud (física y mental), artistas, comentaristas, estudiosos, periodistas, etc, en nuestro nuevo espacio de convivencia: la red.

En méxico, se canalizó el evento durante más de 10 horas del sábado, de una forma para mi entender, en extremo necesaria: educando.

A todos “elles” –pronombre con el que decidieron definirse- les aplaudo y digo:

¡Qué gran orgullo!

@kperezgil