EN AQUELLOS TIEMPOS…

Creo que los humanos mantenemos una relación problemática con el pasado. Supongo que es normal. Nuestra idea platónica del mundo, el concepto con el cual comparamos el presente, se forja en la infancia y en la primera juventud: una época generalmente divertida (por mal que lo pase un niño, en sus momentos se divierte como niño) y exenta de responsabilidades. Sentimos, aunque no seamos conscientes de ello, que las cosas deberían ser como nos parece que eran entonces.

Cuanto más vejetes nos hacemos, más displicentes somos con las novedades. Y más rara nos parece la juventud. Los jóvenes con los que tratamos pueden ser a todo dar y llevaros con ellos de maravilla, pero pensamos que la juventud, en genérico, no es lo que era. O lo que éramos. Lo mismo con los valores, la formas, las costumbres, etc.

Resulta que los chavos (y los no tan chavos) de hoy se pasan la vida detrás del celular. Una generación antes, iban a quedarse ciegos y jorobados de tanta pantalla de la computadora. Y antes se idiotizaban con la tele. Y mucho antes perdíamos el tiempo con las canicas o la pasábamos de vagos en la calle. La juventud siempre se echa a perder. Salvo nuestra juventud, claro, que fue distinta. ¿Cómo queremos la ciudad? ¿Cómo queremos el país? Como creemos que era entonces, cuando “los políticos eran ilustrados”, la gente se saludaba cortésmente por la calle, leíamos libros, no existía (o no lo queríamos ver) la corrupción, los migrantes, los delitos, las balaceras, las marchas, el racismo, el fanatismo o lo que sea, y “la vida era mejor”. Cierto o no, al menos era posible pretender que así era.

Mi edad me ve a los ojos contundentemente cuando ahora me cacho diciendo “ya no es como solía ser… en mis tiempos, los niños éramos libres”. Ahora escucho a mis amigos y otros padres de familia, cómo tienen monitoreados a sus hijos vía GPS, “por su salud mental”. ¿Salud mental? Obviamente se refiere a la propia, porque ser permanentemente vigilado por sus padres, creo que podría enloquecer a cualquier adolescente. Pero puedo entenderlo.

Hoy, la gran mayoría de los que viven en una situación acomodada en las grandes ciudades, pasan sus días libres y momentos familiares en centros comerciales, restaurantes, y ya viéndose atrevidos, en el ciclotón de Reforma. En mis tiempos, mis hermanas, la pandilla de vecinos y yo, pasábamos las vacaciones y fines de semana en la calle, explorando la barranca que dividía mi colonia del barrio colindante, sin siquiera el acompañamiento de un adulto. Hoy, ¡ni pensarlo posible!

Punto y aparte.

Hacer deporte supone ser una actividad saludable, en su mayoría al aire libre y muchas veces de convivencia social. En algunas ciudades como la capital del país, se ha promovido la activación física con espacios públicos “seguros” para ello. Los cierres domingueros de calles y avenidas, competencias de magna organización e importancia incluso internacional han incrementado la participación ciudadana y promovido el contagio por el estilo de vida saludable. Hasta creo que muchos nos hemos convertido en mejores vecinos. Pero no todo es miel sobre hojuelas.

El pasado 28 de julio, asaltaron a 6 corredoras durante el medio maratón de la cdmx, en un baño del Bosque de Chapultepec. En otros eventos de ciclismo, se han reportado múltiples cristalazos a los coches mientras se llevan a cabo los eventos. Ni qué decir de los ciclistas asesinados en carreteras y autopistas para robarles la bicicleta, y las corredoras transgredidas en el Ocotal y otros senderos de montaña.

No tengo la menor duda de que fomentar la cultura del ejercicio físico y la promoción del deporte se sustenta en la prevención de las adicciones y la delincuencia. Dicen los que saben que el fomento a la cultura física es una acción determinante para bajar los índices de inseguridad, violencia, adicción a las drogas, al alcohol, así como método de reinserción social y factor preventivo de males como la diabetes y la obesidad. Pero para generar ese círculo virtuoso se requiere una monumental inversión en todos los aspectos. No sólo en lo económico, que ojalá por lo menos contáramos con ese.

En México nos estamos acostumbrando a la cultura de la inseguridad y las autoridades no han sido suficientemente capaces para contrarrestarlo.

Ana Gabriela Guevara, titular de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE), aseguró que sucesos como los ocurridos la madrugada del 2 de mayo en contra de tres atletas sonorenses durante la Olimpiada Nacional (ON) que se desarrolló en Quintana Roo, no detendrán al deporte en México.

“La gran bandera que enarbola el deporte, es la bandera blanca, la de la paz, nunca ninguna guerra ha detenido una justa deportiva en curso, y por hechos como los sucedidos aquí, no tenemos por qué detener esta fiesta deportiva", destacó en entrevista por Notimex.

Y no, no se pararon los eventos de la ON, y seguimos teniendo el ciclotón en Reforma, las competencias ciclistas, carreras y el reciente maratón en las calles de la ciudad. Pero ¿qué factura estamos dispuestos a pagar por ello? ¿Realmente necesita tener un costo de esa magnitud el poder desarrollar una actividad que supone disminuir la violencia, y generar una sana convivencia?

Probablemente sea ya una viejita melancólica, pero realmente me cuestiono si los niños de hoy que viven la terrible inseguridad, forzados a vivir limitados, suspirarán con añoranza como yo ahora, pensando: “Ya no es como solía ser. En mis tiempos, se vivía mejor”.

 

@kperezgil

 

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