LOS DERECHOS HUMANOS SON DE HUMANOS DERECHOS

La semana pasada fueron las votaciones para elegir a la “ombudsperson”  (defensor del pueblo) de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), y el proceso ha sido un desgarriate. Los partidos de oposición reclaman fraude, y los de Morena defienden a tropezones la transparencia del conteo de votos, al haber ganado Rosario Piedra Ibarra, quien está afiliada al partido en el poder. Hablar de fraude al elegir al representante de la organización que defiende los derechos humanos, me parece el colmo.

 

Los Derechos Humanos, así como la constitución, las religiones, los valores y todo aquello que reglamente el comportamiento humano en sociedad, ha sido creado en el transcurso de la historia de nuestra raza con el fin último de organizarnos y por lo tanto vivir en armonía. ¿En qué momento nos perdimos? ¿En qué punto llegamos a necesitar organizaciones como la CNDH para defender la justicia y todo aquello a lo que tenemos derecho? y peor aún ¿cómo fue que llegamos a entrar en conflicto ante la elección de la persona que represente tan “justa” organización?

 

No es raro que mis respuestas a cuestionamientos de vida, las encuentre tras la lupa de mi vicio: el deporte.

 

En mi familia deportiva, todos somos corredores, ciclistas o nadadores. Al final triatletas sin apellido de raza, religión u orientación sexual. Compartimos emociones y el orgullo de todos lograr un objetivo. Claro, habrá siempre unos más rápidos que otros, y no negamos querer siempre ser el primero. Está en nuesrta naturaleza. Pero invariablemente acompañados por el gozo de que el otro también quede satisfecho con su meta. Aunque competimos entre nosotros, seguimos siendo equipo. Nos empujamos unos a otros a ser mejores.

 

Esto que nos sucede en mi deporte, me hace pensar que los valores se abanderan únicamente cuando son inherentes a nosotros. Cuando los tenemos incrustados en el tuétano. En otras palabras, cuando los abanderamos apasionadamente. Y de ahí la energética defensa de los derechos humanos por parte de aquellos activistas apasionados. El convencimiento es tan profundo, que es inevitable salir en su aguerrida defensa.

 

Ahora, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es un documento que estableció los principios de igualdad entre todas las personas y su derecho inalienable a la dignidad humana. Siempre ha existido una relación muy estrecha entre el deporte y los derechos humanos, siendo el ejemplo más evidente el de la Carta Olímpica, que determina que «la práctica del deporte es un derecho humano, [y] toda persona debe tener la posibilidad de practicar deporte sin discriminación de ningún tipo y dentro del espíritu olímpico». El deporte es uno de los mejores embajadores para promover los derechos humanos y la inclusión de todos. A través del deporte, las personas aprenden valores que van más allá de su género, credo, nacionalidad, edad, posición económica o incluso condición física.

 

No es casualidad que los dos principios fundamentales del Olimpismo sean los siguientes:

 

  1. Es una filosofía de la vida, que exalta y combina en un conjunto armónico las cualidades del cuerpo, la voluntad y el espíritu. Al asociar el deporte con la cultura y la formación, el Olimpismo se propone crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor educativo del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales.
  2. El objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte al servicio del desarrollo armónico del hombre, con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana. (Carta Olímpica, 2015)

 

Y en el título de este escrito, hablo de derechos humanos para humanos derechos porque creo fielmente que en el momento en que seamos humanos derechos, o en otras palabras, no perdamos el objetivo de vivir todos en armonía, no será necesario exigir justicia, pues se dará de forma automática. Y aquí la palabra “todos” es fundamental, pues requiere de espíritu comunitario.

 

No olvidemos lo que en clase de civismo nos repetían incansablemente (por lo menos a mis contemporáneos), que tras todo derecho, hay una obligación. En  pleno Siglo XXI, estamos buenos para exigir nuestros derechos, pero es fundamental que nos cuestionemos cómo vamos en el cumplimiento de nuestras obligaciones.

 

Hace unos días, mi hermana compartió en las redes, una frase anónima que se acomoda perfectamente a esta idea:

 

“El cambio no vendrá por medio de las religiones, ni de los políticos, ni de los gobiernos. El cambio se dará por medio de cada ser humano que asuma la responsabilidad por sus propios actos y tome conciencia del efecto que tiene en su entorno por medio de su comportamiento.”

 

En los comentarios de la publicación, una amiga cuestionaba esta idea, resaltando los bajos salarios, el poco acceso a vivienda, el uso de pesticidas, la discriminación por parte del estado, etc desesperanzada de que aquellos en el poder pudieran etener la capacidad de “tocarse el alma”. Mi hermana le hacía ver que justamente, en el momento en que todos (incluyendo a los tomadores de decisiones) seamos conscientes del efecto de nuestro comportamiento, esa inequidad / injusticia no existiría. Y no puedo estar más de acuerdo. Los gobiernos, el estado, la sobre explotación de la naturaleza, etc, no son entes independientes, son formados y creados por personas. La urgencia es que sean liderados por humanos derechos, y llevado a cabo por cada uno de nosotros respetando los derechos humanos.

 

Así que urge hacerle caso a nuestros profesores de primaria: Todo derecho humano, va de la mano de una obligación… y yo diría que más que ser una obligación, debe ser  un honor; parte inherente a nosotros, pues en ese actuar empático (de empatar) la justicia se da por consecuencia.

 

Cito a Pierre de Cubertín (fundador de los Juegos Olímpicos modernos):

 

“En el mundo moderno, lleno de poderosas posibilidades y amenazado al propio tiempo por peligrosas decadencias, el Olimpismo puede constituir una escuela de nobleza e integridad morales, y asimismo de fuerza y energías físicas; pero ello exigirá́ como condición elevar y mantener sin cesar el concepto del honor y del desinterés deportivo a la altura del impulso muscular”.

 

El deporte es una forma de pertenecer a una comunidad basada en los derechos humanos, con nutrimentos para ser humanos derechos, pero no es la única. Así que, si hay que votar por algo, voto por que todos busquemos esos núcleos en donde uno es para todos y todos son para uno, pues es ahí en donde la paz y la plenitud encuentran cabida.

 

@kperezgil

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