ENTRE LA TENACIDAD Y LA LOCURA

De todo mi patrimonio se destaca la locura
el mundo es el escenario propicio de la actuación
qué aburrido luce todo cuando emerge la cordura
somos orates y vates revestidos de tesón

- Condorandino

 

 

Unos dicen que insistir  con fe ciega en lo que no se cumple o se repite, no es siempre sinónimo de tesón, sino más bien síntoma de patológica terquedad. Se los dice una, que para muchos es tan testaruda que no le gana ni la mismísima “Doña con su incansable lucha contra la natural arruga.

 

La semana pasada tuve mi 12vo encuentro con el bisturí. Una historia que en cada ocasión, convencida doy por terminada, carpetazo, FIN, ¡ni una más! Pero pareciera que no soy la única escritora del guión de mi vida. El sillón me ha llevado de nuevo a la introspección y como consecuencia, al cuestionamiento de si mi urgencia por volver al deporte es persistencia o terquedad. ¿Qué fuerza tan poderosa es esa, que una y otra vez me jala de vuelta a las pistas sin siquiera darme opción? Y surgen un montón de ideas que trataré de acomodar en estas líneas.

 

Vivimos en una sociedad que nunca falla a la hora de ofrecernos las mayores contradicciones entre la vida y la cordura. Un ejemplo claro:

 

En India, una mujer de 72 años dio a luz por primera vez el pasado 6 de septiembre a un par de gemelas. La señora, cuestionada por un periodista, afirma sonriente: «Ya casi había perdido la esperanza». Admirable persistencia ¿de acuerdo?

 

Si nos ponemos a hacer cálculos, las criaturas -que no dejan de ser un prodigio porque, un caso de ciencia (in vitro) como este, es digno de llevarse ante la Santa Sede- podrían tener que aprender a dar de comer antes de saber masticar. Con diez años contarán con unos padres, si los conservan, ya metidos en los ochenta (ojalá habláramos de gustos musicales). Los vecinos, fastidiosos como ellos solos, tras criticarlos durante años por la falta de descendencia (gran pena en India), ahora reprochan a la pareja el incierto destino de las niñas cuando ellos falten. Probablemente la común esclavitud infantil que se gastan por esas coordenadas, ayudará a las pequeñas a sobrevivir y mantener a sus padres desde una tierna edad. En una de esas, acabamos tú o yo portando una bonita y colorida camisa cosida por estas niñas. Esta historia resalta la importancia de pensar en las consecuencias propias de nuestros férreos objetivos o deseos, pero sobre todo lo que pueden provocar a terceros.  Por supuesto que el caso de un hijo es incuestionable ante un efecto directo, pero no somos individuos solitarios, y cualquier decisión influye en nuestro entorno: El efecto mariposa.

 

Ahora, del otro lado de la moneda, están los casos de muchos héroes que se sobreponen a terribles historias. Cuántos ejemplos tenemos de atletas que han logrado cumplir su sueño de ser los mejores del mundo después de fuertes accidentes y lesiones. Entre ellos está el caso que platicamos en ediciones pasadas de la surfista Bethany Hamilton. Aquí el aleteo de mariposa tiene un efecto distinto: Llena de orgullo y sirve de inspiración a propios y extraños.

 

Pero en el intento, no sabemos cuál será el resultado. ¿Cómo saber que se está pasando de la tenacidad a la locura? Hasta para ser necio, se requiere de instrumentos minuciosos de medición en el camino.

 

Nací en mayo, y los que conocen del tema, nos describen como tercos. Sí, mi cuerpo ha resultado un Tauro fiel ante sus achaques. Pero los mismos estudiosos de los astros, también nos identifican apasionados. Ahí, es en donde mi espíritu se adueña del timón. Entonces, el cuerpo no deja de tirar golpes certeros, y la pasión no tira la toalla levantándose una y otra vez del knock-out; el escenario de lucha entre mis dos taurinos férreos, se ubica en la intersección entre la tenacidad y la locura.

 

Ahora, a diferencia del loco, el terco resulta más predecible.

 

Jonathan Gilbert nos explica en su artículo “La rana y el aprendiz de brujo: Entre la tenacidad y la obstinación” cómo en 1966 el psicólogo norteamericano Jack Brehm popularizó el concepto de “reactancia” para referirse a la necesidad humana de resistir y rebelarse frente a la percepción de ver su libertad restringida. Esto lo explica con el ejemplo del por qué señalamientos como “no pintar” o “no tirar basura” suelen invitar a un número creciente de infractores.

 

Este impulso rebelde es, entonces, la base de una de las características más admirables, y una de las más despreciables en el catálogo de cualidades humanas: la tenacidad y la obstinación, respectivamente.

 

Muchas veces, resulta complicado diferenciar tenacidad de obstinación, y una estrategia de identificación es que suelen carecer de lo que presumen. Los tercos suelen cacarear sobre su tenacidad, y los tenaces llegan a temer su propia obstinación.

 

Para Nietzsche, el tenaz es aquel que persiste en alcanzar una meta, y el obstinado (el loco según Einstein: repetir lo mismo esperando resultados diferentes) en seguir un camino. Se cuenta que al ser cuestionado respecto a la enorme cantidad de fracasos antes de encontrar el filamento adecuado para el foco eléctrico, Tomas Alva Edison aseguró no haber fallado, sino descubierto cientos de maneras como no hacer una bombilla. Su énfasis era la meta. 

 

Me considero persistente en conseguir una meta, pero también obstinada en volver una y otra vez a intentar lo mismo, esperando una suerte diferente. Parece no importar cuántas veces el cuerpo tire el ancla, seguiré soltando cadenas para volver a navegar el barco.

 

Después de estos días de reflexión, quedan aún cuestionamientos : ¿Qué tal que no es una o la otra (tenacidad o locura)? En el caso de que convivan ¿qué fue primero entonces, el huevo o la gallina? ¿La tenacidad lleva a la locura, o se necesita de un grado de locura para ser tenaz?

 

En conclusión y checando mis instrumentos de navegación, este bisturí tiene que ser el último, pues tanta introspección en el sillón puede incrementar mi grado de locura.

 

@kperezgil

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