¿Juegas?

El jueves, Culiacán, Sinaloa se convirtió por horas en zona de guerra, armas de alto calibre, calles bloqueadas, autos incendiados, pánico, caos e incertidumbre entre los civiles, fuga de reos, por el hecho de haber detenido (y luego liberado) a Ovidio Guzmán, hijo del célebre capo el Chapo Guzmán. Desgraciadamente, las fuerzas de la delincuencia doblegaron a las de seguridad nacional. Esto ha generado un remolino de emociones colectivas.

 

Durante el fin de semana me reuní con distintos amigos y el sentimiento compartido con cada uno, es muy semejante: Hablamos de frustración, expresamos enojo pero también dolor, y sin duda miedo. Mi temor ante esto que estamos viviendo en el colectivo, es que caigamos en desesperanza.

 

Leí una nota en donde un religioso uruguayo expresa que “un pueblo desesperanzado es un pueblo sepultado en vida, un pueblo que odia se autodestruye, un pueblo con miedo se paraliza, y un pueblo indiferente a los problemas, a la crisis, al sufrimiento de los demás, es un pueblo que deja que otros arreglen los problemas”.

 

Un pueblo indiferente es un pueblo acabado, porque el indiferente no quiere meterse en problemas, el indiferente quiere que sea otro, que sean los demás, los que arreglen los problemas de la sociedad.

 

Considero que los mexicanos no hemos perdido la esperanza, sino que somos un pueblo desesperado, lo cual es distinto. La desesperanza lleva a la indiferencia, y la desesperación a la acción, y la prueba está en las distintas manifestaciones y protestas que paralizan la ciudad: los normalistas, los taxistas, los atletas ante falta de apoyos, los policías federales, y ni qué decir de las mujeres ante las desapariciones… permea la furia, de la cual el Ángel es testigo con frecuencia. Y aunque para muchos no es lo ideal, ni lo deseable, es energía. Al menos expresa su descontento y exige nuevas formas.

 

Mi temor, insisto, es que ni la furia logre la transformación necesaria, y lejos de llevarnos a la calma, desate un mayor conflicto o caigamos en la indiferencia.

 

Urge que cambiemos el discurso de que son otros los responsables de lo que estamos viviendo. Que en lo individual no está a nuestro alcance la solución, porque es justo en  cada uno de nosotros que está retomar el camino.  La semana pasada hablamos en este espacio de la empatía, y su importancia en el desarrollo humano y la vida en comunidad. Hoy se nos presenta una señora prueba para cultivarla y echarla a andar. Y como Luis Lozada tituló su nota de ayer en Milenio.com, “Si Culiacán llora, México está triste”; tenemos que solidarizarnos ante este gran reto, y dejar de aventar la papa caliente.

 

No perdamos la esperanza, como no la perdemos con nuestro equipo de futbol o la selección en un mundial, sin importar el tamaño del reto que puedan encontrarse. México somos todos, y en esto no solo animamos a unos cuantos, pues hoy todos estamos en la cancha. Corramos tras el balón, luchemos por ganar senda en la cordialidad, la honradez y la responsabilidad. En lo que nos está tocando vivir, necesitamos no gastar energía en balde. Hoy, cada caloría y cada “wat” es valiosísimo para lograr el objetivo. Nutrámonos de lo que construye y no lo que desgasta. Busquemos espacios de diálogo, empuje y unión. Hoy, es nuestra obligación dejar de lado la división, las etiquetas de “Amlovers” y “Chairos” entre muchas otras. Es momento de volver a hacer cadena como en el temblor, ahora para reconstruir el tejido social.

 

México: nos creo capaces, confío en nosotros, pues hemos demostrado ser un equipo de campeonato mundial. Enfoquémonos en lo que nos toca individualmente, para que en el colectivo podamos generar un pase a gol.

 

¿Juegas?

 

@kperezgil

 

 

 

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