SUBSTANCIAS PARA SER FELIZ, FELIZ, FELIZ

Ya que estamos viviendo una era de “transformación y felicidad”, no puedo dejar de lado el deporte como uno de los caminos más eficientes hacia un feliz cambio significativo, tanto a nivel individual como colectivo. Y haciendo deporte, se da un cambio desde dentro. Veamos…

Practicar deporte con regularidad aumenta la secreción de dos neurotransmisores cerebrales: dopamina (conocida como la “molécula del placer”) y serotonina, que producen estados de bienestar y euforia. Por otro lado, tenemos las endorfinas, que son nada más y nada menos que opiáceos (o sea, como la morfina). Este otro neurotransmisor se pone en marcha cuando realizamos un esfuerzo grande, para elevar el umbral del dolor y así retrasar la aparición del cansancio y la fatiga. O sea, es como un analgésico, también natural.

Nuestro cerebro no sólo es una máquina precisa, sino también flexible: si le acostumbramos al ejercicio físico su fisiología cambia. Así, nos convertimos en una especie de “deporteadictos”ya que nuestro sistema nervioso central se acostumbra a segregar sustancias y cuando pasamos una temporadita “parados” nuestras células las reclaman, generando una baja energética y cambios de humor. Es perfectamente normal: como al niño que le quitas la paleta y hace berrinche. Pero el llanto no dura siempre: las células con el tiempo también dejan de llorar y se acostumbran a no recibir la dosis extra de “droga”. El síndrome de abstienencia afortunadamente tiene vigencia. Así que, si por algún motivo tenemos que pasar una temporada “en la banca”, no hay que preocuparse si nos da el bajón, andamos malhumorados o tristes… pasará. Buscar emociones (positivas, por favor) en otro lado, siempre ayuda.

La emoción que nos produce conseguir nuestra meta, la satisfacción por el trabajo bien hecho, el reconocimiento por parte de los demás, son grandes motores para animarnos a practicar deporte. El impulso de superación está presente en nuestros genes, es la base de la evolución humana, pero ese impulso es difícil de mantener si no conlleva una recompensa: dopamina. Y una de las cosas que los seres humanos buscamos con más empeño es la emoción. Hasta tal punto, que un niño prefiere ser “malo” para que sus padres lo regañen a que éstos le muestren total indiferencia. Necesitamos atención, y necesitamos sentir, aunque sean emociones desagradables. Somos como una pila: si no entra corriente por el polo positivo, que entre al menos por el negativo.

Y hablando de polos opuestos, a una emoción positiva le suele seguir una negativa, y viceversa. Los deportistas profesionales o amateur competitivos, después de un campeonato importante (como El Tour de Francia, los Juegos Olímpicos, un Ironman, etc), suelen reportar tristeza al regresar a su cotidianidad en el entrenamiento. Pero sin duda, también ocurre al revés: pensemos en un corredor de maratón que está mínimo dos horas y fracción sufriendo; la recompensa consiste en pasar por fin la meta y descansar. Además de la satisfacción por la “misión cumplida”, llegan los momentos tan esperados como el desayuno post evento, en donde se da la verborrea por comentar la experiencia con los “compañeros de dolor”. A mayor la hazaña, más anécdotas que contar y más tiempo dura el buen sabor de boca.

En mi experiencia, puedo afirmar que, no solo se vive la satisfacción de lograr el objetivo, sino que llevar el cuerpo al límite, pone las emociones a flor de piel. La primera vez que acompañé a mis camaradas de equipo en su ciclo de entrenamiento hacia un Ironman (3.9km de natación, 180km en bicicleta y 42km corriendo), descubrí que entre más avanzados y cansados estábamos, surgían conversaciones cada vez más profundas e íntimas en las rodadas y corridas largas. Incluso se destapaban confesiones que en su mayoría eran más reveladoras para el locutor, que para el escucha. Tanto, que me plantee seriamente hacer un estudio sobre el fenómeno, con el fin de aprovechar esas conversaciones como herramienta terapéutica. Algo así como “terapia en movimiento”. No lo he descartado de mi lista de pendientes para esta o la siguiente vida, así que estén atentos para tomar tomar su turno.

Entonces, el cansancio extremo junto con las drogas que secreta nuestro cerebro, generan una especie de “embriago” en el que, como todo niño y borracho, se nos escapa la verdad. Practicar un deporte competitivo y/o de resistencia, conlleva una montaña rusa de emociones, pero ponderando, no cabe duda que la base que soporta a las sensaciones incómodas, son la alegría, la satisfacción, el encanto, la camadería y la pertenencia a un grupo. ¿No es eso la felicidad?

Seamos pues nuestros propios “dealers” de substancias adictivas naturales, buscando ser deportistas satisfechos y en conjunto, un pueblo feliz, feliz, feliz.

 

@kperezgil

 

Copyright© 2019 Central FM Todos los derechos reservados.